Qué hace falta para cerrar una cuenta, y quién puede hacerlo
Cerrar una cuenta es una cláusula, y puede invocarla cualquiera de las partes. Qué ocurre con las posiciones abiertas, por qué la compensación va antes del pago y qué sobrevive a la cuenta.
Terminar es una cláusula, no un hecho
Abrir una cuenta es un proceso con una secuencia visible: formularios, documentos, un primer pago. Terminarla es una cláusula, y la diferencia importa porque una cláusula puede invocarla cualquiera de las partes, y la que la invoca más a menudo no es la que la gente espera.
La mayoría de los contratos prevé tres salidas. El cliente puede cerrar la cuenta con aviso. La empresa puede cerrarla con aviso. Y cualquiera de las partes puede terminarla de inmediato cuando se produce un incumplimiento definido. La vía del medio es la sorprendente: las empresas suelen reservarse el derecho de terminar la relación con aviso y sin dar motivo, y eso es un derecho comercial, no una acusación. Un negocio no está obligado a seguir atendiendo a un cliente, y un contrato que lo obligara sería extraño.
El incumplimiento termina más rápido, y es más amplio de lo que suena
La tercera vía merece separarse porque elimina el plazo de aviso. Un supuesto de incumplimiento, tal como lo define la mayoría de los contratos, incluye no cubrir una exigencia de garantías, pero también un pago que no llega, una declaración de la apertura que resulta falsa, documentos caducados y, en la mayoría de los contratos, la violación de cualquier término.
Producido uno, la empresa suele poder cerrar posiciones a los precios que determine, rechazar nuevas órdenes y terminar el contrato sin esperar. Nada de eso exige que el mercado se haya movido. Por eso la mitad administrativa de la lista merece más atención de la que recibe: un documento de identidad caducado mientras nadie operaba puede dejar la cuenta en la misma postura que una falta de garantías, y lo hace en silencio, porque ninguna fecha de caducidad se anuncia sola.
Qué ocurre con las posiciones abiertas
La pregunta operativa en cualquier cierre es qué ocurre con las posiciones abiertas cuando empieza. Los contratos responden de una de dos maneras, y conviene encontrar ambas antes de que se apliquen.
O se da al cliente un periodo en el que la plataforma sigue aceptando órdenes de cierre pero no de apertura, o la empresa cierra ella misma las posiciones a los precios que determine. Lo primero es un desmontaje ordenado y deja el momento en manos del cliente. Lo segundo es una valoración hecha por la contraparte, que es algo materialmente distinto, y donde se aplica la cláusula suele decirlo con claridad y describir la determinación como definitiva. Cuál de las dos esté escrita decide si un cierre es algo en lo que el cliente participa o algo que llega terminado.
La compensación va antes del pago
Cerrar una cuenta no es lo mismo que cobrar. Entre ambas cosas está la cláusula de compensación, que permite a la empresa sumar lo que debe con lo que le deben y liquidar solo la diferencia.
En la práctica, las cuentas a un mismo nombre no están aisladas entre sí. Un saldo positivo en una puede aplicarse a la falta en otra, se pueden convertir divisas al tipo de la propia empresa para hacerlo, y donde la cláusula alcanza a todo un grupo puede arrastrar dinero mantenido para un servicio completamente distinto. Un montaje pensado para mantener exposiciones apartadas es, en ese momento, un solo saldo. El alcance de esa cláusula es lo que decide cuánto valía la separación, y consta en el contrato, no se ve en la estructura de cuentas.
El dinero se retiene un tiempo, y hay un motivo
Casi todos los contratos permiten a la empresa retener fondos durante un periodo tras el cierre. Leído en frío parece un obstáculo, y en su mayor parte no lo es.
Los pagos con tarjeta pueden revertirse por el banco del pagador mucho después de liquidarse, así que una empresa que pagara al instante quedaría expuesta a una reversión sobre dinero ya enviado. Las comprobaciones de identidad y de pago pueden seguir abiertas. Y la regla del mismo método — el dinero sale por donde entró, a un instrumento a nombre del propio titular — convierte a menudo un pago en varios, cada uno por una vía con su propio ritmo. Lo que vale buscar en el documento es la duración del periodo, no si existe.
El pago final suele pedir más que el depósito
El paso que pilla a la gente desprevenida es la verificación. Muchas empresas abren la cuenta solo con documentos de identidad y completan las comprobaciones mayores cuando el dinero está saliendo, lo que sitúa la petición probatoria más pesada en la salida y no en la entrada.
Puede tratarse de documentos que acrediten el origen de los fondos, una dirección revalidada o la sustitución de un instrumento que ha caducado entretanto. Nada de ello es inusual y todo lleva un tiempo que corre después de la solicitud de cierre, no antes. Hay además un detalle menor que conviene conocer: los contratos describen qué pasa con un saldo residual demasiado pequeño para enviar, y la respuesta a veces es una comisión que lo consume en lugar de una transferencia. Ambas cosas salen más baratas leídas de antemano que descubiertas en mitad de un cierre.
Qué sobrevive a la cuenta
Terminar la relación no termina todo lo que hay en el contrato. Varias cláusulas están escritas para continuar, y las que importan son aquellas que un antiguo cliente podría necesitar.
La conservación de registros continúa un plazo definido, y eso es lo que permite pedir registros de ejecución o la grabación de una conversación una vez desaparecida la cuenta: un derecho que suele existir dentro de ese plazo y caduca con él. La vía de reclamación continúa, de modo que una disputa sobre algo ocurrido mientras la cuenta estaba abierta aún puede plantearse, sujeta a los plazos del propio procedimiento y no a la existencia de la cuenta. Y cualquier indemnidad otorgada también continúa, razón por la cual cerrar una cuenta no es por sí solo el final de toda obligación. La versión práctica es breve: si un registro puede hacer falta, pídalo mientras corre el plazo de conservación, porque el cierre pone en marcha un reloj que leer el contrato más tarde no reinicia.
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